Según la Wikipedia: «El cosplay etimológicamente del inglés costume play, juego de disfraces, consiste en disfrazarse de algún personaje (real o inspirado) de un manga, anime, película, libro, comic, videojuego o incluso cantantes y grupos musicales e intentar interpretarlo en la medida de lo posible». «En la medida de lo posible» es en algunos casos una expresión relativa, a menudo eufemísitica, y definitivamente benévola. Y es que como tantas cosas en este mundo, en esto del cosplay o se tienen los medios, la percha y cierta edad, o se pertenece al grupo de gente sin complejos.
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Una semana
Eso es exactamente lo que ha durado en cartelera por estos andurriales Arma fatal, la nueva producción de Edgar Wright, el de Zombies Party. Para más recochineo se proyectó en un solo cine de Reus y tarragona, en sesión única de 22:30. Supongo que no hace falta ni decir que para cuando nos plantamos en taquilla aprovechando las vacaciones navideñas la película brillaba por su ausencia, así que ayer mismo, después de la comilona navideña, la vimos en casa, tumbados en el sofá y con una cervecita bien fresquita; una versión DVDScreener que se veía de lujo, oiga. Después vendrán con que el p2p está erosionando los cimientos de la industria del ocio y que todos somos una panda de piratas que escatimamos royalties a los sufridos creadores y que la única forma de meternos en vereda es cargando un canon hasta en las lechugas. Yo les puedo ofrecer un consejo gratis para hacer frente a la piratería, a la SGAE, a distribuidores, a salas de cine y a cuantos intermediarios se os ocurran: hagan bien su trabajo de una puñetera vez, y háganlo a un precio razonable, mientras tanto dejen de dar por culo.
Cuento de Navidad
María contemplaba con desgana la pantalla del viejo televisor. Desvió la mirada hacia el reloj de pared sólo para constatar lo que su estómago ya venía avisándole hacía un buen rato. Se levantó del sofá con dificultad y arrastró los pies hasta la cocina donde se preparó una sopa de sobre y un sándwich de queso; añadió un par de mandarinas a la frugal comida y regresó con la bandeja al comedor. La anciana tomó un par de cucharadas del insípido caldo antes de cambiar de canal. «Cada vez echan más anuncios», pensó. La pantalla había mudado al blanco y negro, George Bailey acababa de sacar a Clarence del río. «Ahora le dirá que es su ángel de la guarda», pensó sonriendo. Nunca se cansaba de ver aquella película. Al rato tuvo que subir el volumen del televisor, en la casa vecina el ruido había ido en aumento a medida que avanzaba la velada. «A la que saquen los turrones y el cava se ponen con los villancicos» se dijo la mujer. Y como cada año intentó centrar su atención en el aparato que se había convertido en su única compañía, para que los fantasmas de las navidades pasadas no regresaran, para que los recuerdos no se desbordaran y con ellos las lágrimas. Fracasó una vez más. Y mientras se sentía más sola e insignificante que nunca, tapada con una manta a cuadros, apoltronada en su sofá frente a la mesita donde descansaba la comida ya fría, casi intacta, su mente voló a los días lejanos en los que su marido todavía vivía y serias desavenencias con sus nueras no le habían alejado de sus dos hijos.
Sin previo aviso, llegada de ningún lugar, una luz cegadora inundó la pequeña estancia. Sólo cuando la anciana logró acostumbrarse a ella pudo ver la presencia que la emitía. Era un joven de largas melenas rubias y ojos azules que le sonreía. Vestía de blanco de pies a cabeza y sólo le faltaban unas alas para parecer un ángel. No movió sus finos labios, pero la anciana pudo escuchar una voz, dulce y suave, dentro de su cabeza. «Dame la mano, María». Y ella no dudó ni un instante en que aquello era precisamente lo que tenía que hacer.
—Nena, me parece que este pavo ya está… ¿Me escuchas…? ¿María? Pero, ¿estás bien? ¿Qué haces? —logró pronunciar Pedro mientras María se le colgaba del cuello y le llenaba de besos. Era tal y como recordaba a su marido, mucho tiempo antes de que el cáncer le convirtiera en un ser cadavérico incapaz de reconocerla. Siguió dándole besos y diciéndole que le quería hasta que llamaron a la puerta. —Venga, venga, que deben de ser tus hijos. Déjame ir a abrir. —Pero Pedro no tuvo ocasión de dar ni un paso, pues tan pronto había escuchado aquellas palabras su mujer se le había soltado y había salido de la cocina. Ni sus hijos ni sus nueras lograron entender qué le pasaba a María, ni por qué les llenaba de besos y abrazos y no paraba de decirles que les quería y qué jóvenes que estaban todos, como si en lugar de unos días, hiciera años que no les veía.
La puerta del ascensor privado se abrió al despacho del ático. Se acercó hasta el vetusto arcón, cuya presencia contrastaba de forma desconcertante con la modernísima decoración de la estancia, y dejó en su interior la peluca y sus ropas blancas. Un solo chasquido de sus dedos bastaría para obrar la metamorfosis, pero él prefería hacerlo de aquel modo. En el fondo era un romántico.
Se arrellanó en el mullido sillón de cuero negro y le pidió a su secretaria si tenía algún recado para él. Recibió la previsible respuesta negativa. Después de todo eran la única empresa de toda la ciudad, y probablemente de todo el país, que trabajaba en un día como aquél.
¿Qué pensarían sus súbditos de su extraña debilidad? Él sabía que no era tal, pero también que les resultaría imposible de entender. Por unos segundos recordó la expresión de felicidad en el rostro de la anciana y no pudo evitar sonreír. Sabía que no sería fácil eludir el sentimiento de culpabilidad por haber sucumbido otra vez a su pequeño secreto; pero también estaba convencido de que tenía más motivos que nadie para festejar el nacimiento de su adversario.
¡¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!!