La felicidad tal vez consista en que los intentos de tus congéneres por arruinarte el día no lleguen a buen puerto. En la jungla del asfalto, donde el código de circulación sirve para que sepamos cuántas cosas sancionables hacemos al volante al cabo del día, impera la ley del que más jeta tiene, algo de lo que últimamente el personal parecer ir bien servido. La felicidad, de existir, debe de ser muy parecida a no tener que esperar a encontrar un hueco en el carril de la izquierda para poder seguir tu camino, sino en recorrer aquel por el que circulas, en línea recta y sin pestañear, a pesar de los vehículos estacionados en doble fila.
A los amigos que han partido, a los que siguen ahí
Cut here (2001) The Cure
«¡Así que volvemos a encontrarnos!» y ofrezco mi mano
con flema británica.
Y tú me miras y yo comprendo.
Sí, reconozco esa expresión.
«Tres largos años… y tu hombre favorito…
¿Es esa forma de saludar?»
Y me abrazas… como si nunca me fueras a soltar.
«Oh, venga, vamos a tomar algo.
Sentémonos y charlemos un rato…»
«¡Ojalá pudiera! Pero ahora no tengo tiempo…»
Y cuando miro atrás mientras me voy
veo tu mirada de despedida.
Todavía la recuerdo en tus ojos.
Tan mareado, Señor Ocupado, demasiado como para hablar con Billy.
Hay muchas cosas idiotas y superficiales que hacer primero.
En un minuto, pronto, tal vez la próxima vez, hagámoslo en junio.
Hasta luego… no siempre llega.
Es tan duro pensar «Esto va a terminar algún día
y ésta podría ser la última.
Tengo que volver a un concierto tuyo.
Y yo tengo que venir a verte bailar».
Porque es duro pensar:
«nunca volveré a tener otra oportunidad
de abrazarte… de abrazarte…»
Flemático Señor Idiota, demasiado ocupado para hablar con Billy.
Todos los asuntos apremiantes y banales deben ser atendidos.
En un segundo, espera, todo a su tiempo, no tardará.
Hasta luego…
Debería haberme parado a pensar, debería haber encontrado tiempo,
podría haber tomado esa copa, podría haber charlado un rato,
hubiera sido lo correcto, lo hubiera hecho por nosotros.
Pero no lo hice, y ahora ya es demasiado tarde.
Se acabó… se acabó
y tú ya no estás.
Te echo tanto, tanto, tanto
tanto, tanto, te echo tantísimo de menos.
Pero cuántas veces puedo irme y desear «si hubiera…».
Pero cuántas veces puedo hablar así y desear «si hubiera…».
Sigo cometiendo el mismo error.
Sigo sufriendo el mismo dolor en el corazón.
Deseo «si hubiera…».
Pero «si hubiera…»
es un deseo tardío.
Reseña de La Luna dormida en Sedice
V+?ctor Mart+?nez, administrador de Sedice, me ha sorprendido con una reseña inesperada de La Luna dormida; inesperada no tanto por positiva, que lo es, sino por el punto de partida que utiliza para analizar la novela. Víctor invita de forma directa y sin tapujos a darle una oportunidad al libro partiendo del peor escenario posible: pocas ganas de leer y la pereza que pueda provocar en cualquier lector adulto afrontar una obra que equívocamente se cree destinada a un público juvenil. Estoy convencido de que los renglones de Víctor empujarán a más de uno a la lectura del texto, e incluso tal vez anime a alguno a revisitarlo.