En tierra hostil. Buena muestra de cine bélico que se centra en una vertiente poco explotada del mismo: el trabajo de los artificieros en Irak. Tiene su punto fuerte en cómo logra transmitir la sensación de constante tensión que implica vivir y trabajar en territorio enemigo. Incluso consigue reproducir esa sensación de insensibilización en el espectador: la casi insoportable tensión inicial acaba derivando hacia una cotidiana inquietud en la que nadie está a salvo del peligro, pero que permite entender la decisión del protagonista. La estructura por misiones le dota de un estilo fragmentario. Los episodios tienen suficiente variedad para no caer en el aburrimiento, pero hace que la evolución de los personajes quede algo entrecortada.
Invictus. Quizá si no viniera de quien viene no dejaría ese sabor tan agriducle. Freeman se convierte en Mandela, es Mandela, pero el episodio de su vida retratado termina reducido a una sucesión de partidos de rugby con un final conocido. Escenas como la del helicóptero descendiendo sobre el campo de entrenamiento, con una empalagosísima melodía pop de acompañamiento, no parecen a la altura del autor de «Gran Torino» o «Sin perdón». El tono de la historia es demasiado blanco para la complejidad del conflicto reflejado, demasiado «todo el mundo es “güeno”», con lo que uno se queda con la sensación de haber visto un telefilm de sobremesa que entretiene sin más.
Celda 211. No tiene desperdicio. Parte de una premisa argumental «encontrarse en el peor momento posible en el lugar equivocado», para a partir de aquí hundirse en un conflicto de intereses en el que los malos terminan demostrando más catadura moral que los buenos. Quizá peque de cierto maniqueísmo al presentar las dos caras de la moneda con ciertas reacciones del entramado opresor poco creíbles, pero son apreciaciones que no empañan ni un ápice el brío de una historia narrada con buen pulso. Tosar se sale en su papel de Malamadre.