La cosa sucedió más o menos del siguiente modo: la alarma antihurto de la entrada de la biblioteca suena al salir un usuario y se le pregunta si lleva algún libro. El muchacho saca un tratado de Derecho de su bolsa Dolce & Gabbana, a juego con el cinturón y el abrigo acolchado. Se constata que el libro está magnetizado y por eso ha pitado el detector. Acto seguido se procede a comprobar si tiene prestado el libro en cuestión, tal vez quien le ha atendido olvidó pasarlo por el desmagnetizador. Al pedirle el carnet de usuario responde que no es estudiante de nuestra universidad, que va a una privada.
—¿Entonces cómo has cogido el libro en préstamo?
—Solo lo quiero consultar. En mi biblioteca se pueden sacar sin cogerlos en préstamo.
El libro tiene el tejuelo y el código de barras arrancados. Como el susodicho no consta en la base de datos se le pide el carnet de identidad y se fotocopia como medida preventiva.
—¿Cómo has encontrado el libro en la estantería si no tiene la referencia?
—Yo sí la tengo —replica mostrándola en la pantalla de su iPhone.
—Sí, pero el libro no. ¿Cómo lo has encontrado en las estanterías?
—Porque sabía la referencia.
Cuando se le comunica que el libro se queda donde está, que no se lo puede llevar, ni de coña, el interpelado alega:
—¿Pero qué estáis insinuando? ¿Que lo quería robar? ¿Que he sido yo quien ha arrancado las etiquetas? Si necesito un libro me lo compro, no necesito robar. ¿Cómo os atrevéis a juzgarme? No se puede juzgar sin conocer a la persona.
En ningún momento pierde la compostura. No se ruboriza, a pesar de que otros usuarios que esperan su turno lo miran incrédulos. No titubea, no se sonroja, no gesticula; su voz no tiembla. Sus argumentos son flojos, supongo que le falta rodaje y terminar la carrera, pero está claro que alguien que sabe mentir con tanta templanza será un abogado estupendo.
Lo que el e-reader se llevó
De un tiempo a esta parte es un debate recurrente: ¿Tú de quién eres, de Kindle o de papel? Y a partir de este punto blogs, foros y otras hierbas debaten sobre el futuro del segundo ante el envite del primero y de cómo afectará todo ello al sector editorial y al peliagudo tema de la piratería. A día de hoy debo decir que el asunto me la trae bastante floja. Como lector, el libro me sigue yendo estupendamente, como juntaletras de ir por casa, con publicar de vez en cuando ya me doy con satisfecho, aunque me saquen en papel higiénico.
En cualquier caso, me he sentido muy identificado con un artículo de Pérez-Reverte titulado «Leer con luz de luna». Suscribo su opinión palabra por palabra y puesto que difícilmente sabría expresarla tan bien, creo que merece la pena compartirla. Podéis leerlo aquí.
Fin
![]()
Lo que me llevó a leer esta libro de David Monteagudo no fue un interés por la obra propiamente dicha, sino la disparidad de criterios suscitada. Rodolfo Martínez confesaba hace poco en su blog que no había logrado pasar del primer capítulo y por poco que uno se dé un garbeo por foros donde se habla del tema, descubrirá un tropel de voces que muestran su más absoluta incredulidad ante la entusiasta y unánime acogida que ha tenido la novela por parte de la crítica especializada. Para rizar el rizo, Amenábar ya se ha hecho con los derechos para la versión cinematográfica. Como podéis comprender la tenía que leer, sí o sí.
¿Merece la pena su lectura? Desde luego. Engancha cosa mala y uno no puede parar de leer con tal de saber qué narices está pasando. ¿Rezuma calidad literaria y son justificados los piropos que algunos le han dedicado, comparando a Monteagudo con Albert Sánchez Piñol o Cormac McCarthy? Ni de coña. Best-seller apañadito y gracias, que no es poco. ¿Tan malo es el primer capítulo? De cojones, el diálogo ante el que Rodolfo Martínez sucumbió parece sacado del peor culebrón de sobremesa, y no exagero. Entonces, ¿cuál es la solución al enigma? Tal y como yo lo veo Fin funciona muy bien cuando se centra en la trama. El autor sabe dosificar perfectamente la información y hace que sus personajes sopesen todas las opciones posibles acerca de lo que está sucediendo sin que en ningún momento decrezca la tensión, puesto que el lector dispone de la misma información que ellos y comparte su desconcierto. Los hallazgos se suceden a un ritmo muy bien controlado: ni hay lugar para el aburrimiento ni se acumulan sin orden ni concierto. En el otro lado de la balanza, la obra hace aguas por todos sitios cuando pretende ser un retrato generacional, naufragando una y otra vez en conversaciones tópicas, de un nivel parecido a las que podemos escuchar en cualquier bar, entre personajes no menos arquetípicos. Los diálogos resultan más artificiosos cuando saltan a la palestra los temas personales. Los conflictos son planteados de una forma demasiado infantil, y a menudo uno debe hacer esfuerzos para recordar que se encuentra ante un grupo de cuarentones y no de adolescentes.