El guardián entre el centeno

«You know those ducks in that lagoon right near Central Park South? That little lake? By any chance, do you happen to know where they go, the ducks, when it gets all frozen over? Do you happen to know, by any chance?»
Oséase:
«¿Sabe los patos que hay en aquella laguna justo al lado de Central Park Sur? ¿Aquel lago pequeño? ¿Sabría decirme, por casualidad, a dónde van los patos cuando está helado? ¿Lo sabe?»

Los patos no sé, pero un servidor cambia de trabajo y emigra a la biblioteca de la facultad de letras. Si un día fueron las clases de inglés lo que quedó atrás, ahora lo harán las páginas web. Todo el día rodeado de libros… suena bien.

Meme literario

Hasta hace bien poco no tenía ni idea de lo que era un meme, de hecho ni siquiera había oído hablar de ellos. Pero eso era antes de que Ricardo G. Yayo tuviera a bien lanzarme el guante para que participara en uno. Los hay de diversos tipos, el que me ocupa es tan sencillo como dejar constancia del segundo párrafo que se encuentre en la página 139 del libro que estoy leyendo actualmente, después debo lanzar el reto a otros valientes lectores (o incautos según se prefiera). Para darle mayor gracia al asunto, y siguiendo el modus operandi de Ricardo, en lugar de desvelar el libro a priori, os dejo un link a la identidad del mismo.
  El primer fragmento, en realidad frase pues ha coincidido con un diálogo, lo he sacado del último libro que leí.

«—Vale, estás trabajando… Al grano: ¿quieres desayunar conmigo?»

And the book from it was taken is…

El segundo fragmento, bastante más esclarecedor que el anterior, pertenece a la obra que estoy leyendo en la actualidad, y de la que debo realizar una reseña para El Parnaso (estoy en ello Gabriella, de verdad de la buena). Ahí va:

«En mi sueño pude ver al que me acuchilló; pude ver la hoja de la daga abalanzarse sobre mí y todo eso. Después de encajar el golpe, caí en la cubierta del barco osterlinga y sangré y sangré, y al cabo de mucho rato llegó nuestro capitán arrastrando los pies, y cuando estuvo a mi altura me dio una patada en la cara. Pero no creo que eso sucediera en realidad.»

El libro es…

Cumplida mi parte del reto, no me queda sino lanzar el guante para que otros, de apetecerles, lo recojan, sea en su blog, o en los comentarios de esta misma entrada. David M Rus, Nubian Singer y Javier Arnau, invitados quedáis a perpetuar este juego literario para que siga extendiéndose cual virus furibundo por esta blogosfera de Dios.

Cuentos brevísimos 4

grimorio

Tema: Un libro polvoriento.
Travis Saturno tenía fama de malhumorado y excéntrico entre sus vecinos del casco antiguo. La pequeña librería de viejo que regentaba era una de las mejor consideradas entre los coleccionistas de incunables y otra fauna amante de la literatura, pero nadie era ajeno a las leyendas que corrían de boca en boca alrededor de la desgarbada figura del librero y de su peculiar establecimiento.
  Uno de los rumores más extendidos hacía referencia a su condición de brujo. Muchos aseguraban conocer a alguien, o tener un familiar, que había logrado colarse de noche en la tienda y haber accedido, mediante una trampilla oculta en la trastienda, a una estancia subterránea que estaba repleta de altas estanterías, atestadas de grimorios escritos con extrañas runas. Algunos añadían el detalle de aquellos símbolos dibujados en el suelo de piedra con algo muy parecido a sangre.
  Pasaban cinco minutos de la hora de cierre y Travis se acercó con paso cansino hacia la puerta de su establecimiento dispuesto a darle la vuelta al cartel que ahora rezaba «abierto». Pero antes de que pudiera girar la llave en la cerradura, dos jóvenes entraron empujando bruscamente la puerta. Uno permaneció junto a la entrada, vigilando la calle a través del cristal, mientras el otro desenfundaba un arma y apuntaba al sorprendido Travis.
  —La recaudación, viejo, o de esta noche no pasas.
  Travis paseó la mirada del cañón del arma al rostro crispado del joven negro que la empuñaba, y a la mirada nerviosa del que permanecía junto a la puerta.
  —Me temo mucho que os sentiréis defraudados —dijo el anciano.
  —Venga coño —gritó el joven junto a la puerta. No tenemos todo el puto día.
  —Abre la caja ahora mismo o te reviento la cabeza —le amenazó el otro.
  Arrastrando los pies, el viejo volvió con dificultad tras el mostrador y abrió la caja.
  —Vigílalo bien Tom, no le dejes mover los brazos ni decir nada.
  —No seas imbécil. Eso no son más que chorradas.
  Pero cuando el joven negro regresó la mirada tras el mostrador vio a Travis Saturnino sostener un polvoriento libro en su mano derecha y apuntarle con la izquierda. El anciano empezó a musitar extrañas palabras.
  —Nozaroc im argela omoc, notselrach, notselrach…
  —¡Está conjurando un puto hechizo, tío! —bramó el muchacho que vigilaba la puerta segundos antes de salir corriendo por ella.
  Thomas dudó unos segundos. Los ojos del viejo estaban clavados en él y su anciano rostro se deformaba al vocalizar con furia el extraño salmo. Su mano izquierda estaba crispada como una garra que parecía querer agarrarle el alma. Cuando el anciano estiró los cinco dedos en su dirección, el muchacho voló hacia la puerta en pos de su compañero.
  Travis Saturnino dejó el polvoriento volumen sobre el mostrador y se sonrió.
  —Nozaroc im argela omoc notselrach notselrach… dicho del derecho suena mucho menos amenazador…
  Con paso lento se acercó a la entrada del establecimiento y cerró la vieja puerta de madera y cristal. Regresó al mostrador dispuesto a hacer caja no sin antes soplar la cubierta de su libro de hechizos y leer el título: Repostería de las Hermanas de Santa Virginia.
Tema propuesto: Una radiografía.

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