Archivo de la categoría: Relatos

El título de esta categoría no podía ser más esclarecedor.

Show must go on

sin empujar que hay pa todos

«Habitantes de la casa, la situación en el exterior es insostenible y me temo mucho que ésta será la última vez que podamos conectar con vosotros. No perdáis la calma y manteneos dentro del perímetro de seguridad, el muro contra fisgones convierte vuestro emplazamiento en un auténtico fortín, si no intentáis huir como hizo Pedro, tenéis alguna posibilidad de sobrevivir. La mala noticia es que los aprovisionamientos van a dejar de llegar, a partir de ahora sólo dispondréis de vuestro huerto y de los animales de la granja para alimentaros… Volviendo a Pedro, ya sabéis que su estado sigue empeorando, la herida no sana y ya sólo es cuestión de horas que se convierta en uno de ellos. Por un ajustado margen, el 53% de la audiencia ha decidido que quien debe dispararle en la cabeza es…»

Margarita

mar

«Margarita, está linda la mar, y el viento lleva esencia sutil de azahar…», dice el narrador, contemplando impasible como la niña agita los brazos incapaz de mantenerse a flote. «Yo siento en el alma una alondra cantar tu acento. Margarita, te voy a contar un cuento…», lees, sintiendo como el agua salada inunda tus pulmones.

Discriminación positiva

getting closer

Quienes no habían recibido la tarjeta de embarque podían consultar, en un puesto habilitado junto al arca, si se había producido algún error. Tras horas de espera le llegó su turno. Sin saludarle, el administrativo cogió su tarjeta y la introdujo en el ordenador.
   —Varón, 42 años, heterosexual, soltero, sin hijos a su cargo; de profesión comercial, no practica usted ninguna religión, ni está afiliado a ningún partido político ni equipo de fútbol… Ni siquiera es usted inmigrante. Le sale puntuación negativa, amigo.
   —¿Negativa?
   —Penalización por peligro potencial de violencia machista.
   —¡En mi vida he golpeado a nadie!
   Por toda respuesta el funcionario se encogió de hombros y le devolvió su identificación. Él le miró algunos segundos con ella en la mano, hundido, sin saber qué hacer o decir; dudó, pero finalmente dio media vuelta y se alejó. No iba a caer en el patetismo de todos aquellos que había visto llorar y rogar de rodillas por un pasaje en la nave de evacuación. Levantó la mirada al cielo y contempló el cuerpo brillante que teñía la noche de un rojo rabioso. Más cercano a cada minuto que pasaba.