Archivo de la categoría: Relatos

El título de esta categoría no podía ser más esclarecedor.

Deseo

¿quieres uno?

Concertó cita con Satán y se encontraron en una terraza con solera del casco antiguo.
  —He conseguido todo cuanto me he propuesto en esta vida —aseveró chulesco aspirando con ansia el cigarrillo—, todo menos librarme de la tiranía de la nicotina.
  El diablo le sonrío con ojos aviesos. —Estoy de rebajas. Cinco años de vida a cambio de tu victoria sobre la adicción.
  Él triunfador apagó el cigarro con saña en el cenicero de propaganda y añadió levantándose:—Hecho. Y que este sea el último.
  —Lo será —concedió el Maligno, guasón, dos segundos antes de que el andamio se derrumbara.

Cromos

cromos

Salió corriendo hacia el corro de niños que se había formado cerca de la puerta de salida del colegio y se unió a ellos en la pugna por conseguir un álbum y algunos sobres. Con algún arañazo de más, pero satisfecho con el preciado trofeo entre las manos, de camino a casa no pudo dejar de contemplar las grafías doradas de la portada y los arabescos que decoraban las páginas del interior: todo le prometía una apasionante viaje por los misterios del arte de la adivinación a lo largo de la historia. Llegó a casa ansioso por abrir los sobres, saludó a sus padres de forma esquiva, se encerró en su habitación y se sentó sobre la cama. Su decepción no pudo ser mayor al descubrir que el primer sobre se encontraba vacío. Abrió el segundo, luego el tercero y todavía un cuarto, sólo para comprobar, contrariado, que ninguno contenía más que aire. Abrió el quinto y último con rabia, sin rastro alguno del cuidado con el que había asaltado los anteriores para no estropear el preciado contenido. Una sonrisa le cruzó el rostro al ver que éste sí traía un cromo. Uno solo. Donde esperaba encontrar ilustraciones de oráculos en santuarios de antiguas civilizaciones, de sacrificios humanos ante templos de piedra; astrólogos que leían el provenir en las palabras de los astros o sacerdotisas escrutando el futuro bajo las superficies de bolas de cristal y en antiguas cartas del Tarot, no halló más que oscuridad: toda la superficie del cromo era de color negro. En el dorso encontró que se trataba de la última estampa de la colección, la número ciento setenta y seis. Tras varios intentos comprendió que no era adhesivo, así que ya se disponía a buscar el pegamento por los cajones del escritorio cuando cayó en la cuenta del mensaje impreso bajo el número. Lo lamió comprobando que al instante su textura se volvía pegajosa, para luego, con ademanes solemnes de ceremonia, depositarlo sobre el rectángulo correspondiente. Tan pronto lo hizo, antes sus ojos sorprendidos, letras blancas tomaron forma sobre la negrura; decían: mueres envenenado a los nueve años.

Déjame entrar

bufé libre

Sus padres estaban de fin de semana, así que la adolescente invitó al vampiro a colarse en su alcoba con lujuria mal contenida. Como buena lectora de la Meyer suspiraba por todo lo que la velada iba a ofrecerle: besos, caricias y sensibilidad a lo Candy Candy; combinación de hipermercado que le dejó el tanga más húmedo que una bolsita de té. Quiso la taimada fatalidad que el guapo mozalbete comulgara con la escuela Bram Stoker: para tranquilidad de vecinos y paseantes ocasionales los gritos de la niña se confundieron con los del matadero colindante.