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El título de esta categoría no podía ser más esclarecedor.

Ilustración/relato (2): «Progreso»

  Segundo relato realizado a partir de otra excelente ilustración de David M Rus.

Progreso por David M Rus

  Progreso

Los cuerpos desmadejados de los cinco científicos yacían bajo la luz que se colaba en la sala desde el enorme rosetón. Sin mediar palabra, la inspectora de seguridad, Rosa Estado, se quitó la máscara protectora.
  —¿Pero es que se ha vuelto loca? —bramó desesperado el jefe de laboratorio, Jorge Arras.
  Por toda respuesta, la mujer señaló con el mentón en dirección a los cadáveres. Todos tenían el rostro bien cubierto por máscaras como las suyas.
Comprendiendo, Jorge le imitó algo avergonzado.
  La inspectora se agachó junto a los muertos y los examinó sin tocarlos. A juzgar por la postura de los cuerpos habían sufrido una agonía muy dolorosa. Luego se levantó y paseó la mirada alrededor hasta fijarla en el rastro de sangre y pisadas que provenían de la sala contigua. Sobre su entrada, letras metálicas rezaban: «PROGRESO».
  —¿Qué tipo de experimentación se estaba llevando a cabo en esta sección? —quiso saber.
  —Área restringida de máxima seguridad. Me temo mucho que nadie más en el laboratorio a parte de ellos cinco lo sabía.
  —¿Ni siquiera usted?
  —No estaban a mi cargo. Trabajaban directamente para el gobierno.
  Durante algunos segundos, Jorge Arras aguantó incómodo la fría mirada de la inspectora. Sin responderle, Rosa Estado se dirigió hacia la sala de donde procedía el rastro carmesí. El hombre dudó algunos instantes sobre la conveniencia o no de seguirle, cosa que finalmente hizo.
  En la penumbra del laboratorio, Jorge Arras encontró a la mujer agachada sobre una capsula esférica de la que emanaba una fosforescencia verdusca.
  —¿Qué es esto? —le preguntó invitándole a acercarse con un gesto de su mano derecha.
  En el interior del contenedor levitaba una reproducción del planeta de unos setenta centímetros de diámetro. Sin embargo el nivel de las aguas había aumentado hasta tal punto que los continentes resultaban irreconocibles y la atmósfera que lo rodeaba era una masa gaseosa de un espesor y color malsanos.
  —Nunca había visto nada igual, parece una simulación a escala de los efectos que podría tener sobre la Tierra la implantación masiva de la tecnología en la que trabajaban.
  —¿También sobre sus habitantes? —preguntó la inspectora, alarmada, al tiempo que sentía como dos hilos de sangre asomaban por sus fosas nasales.

Ilustración/relato: «El poder del miedo»

David M Rus me ha propuesto, a modo de experimento, invertir la forma habitual en que solemos colaborar. En lugar de ilustrar él mis textos, relatar yo algunos de sus dibujos, un poco en la línea del imagen/relato.
Aquí os dejo el primer fruto de esta propuesta.

Estatua dibujada por David M Rus

  El poder del miedo

¿Os agrada, majestad? —quiso saber el maestro escultor con una ligera reverencia.
El monarca examinó la estatua sedente con mirada reflexiva. Sus ojos se pasearon durante largos segundos por toda la obra, sin perder detalle, mientras se acariciaba la barba cana. Finalmente respondió:

—Yo nunca he empuñado una alabarda. De hecho, jamás he blandido arma alguna.
—Es bien sabido por todo el reino la bondad y sabiduría de su persona; pero eso forma parte de la funcón didáctica de la pieza, majestad.
—¿Apelar a la violencia es didáctico?
—Lo es infundir miedo en el corazón del enemigo y disuadirle de emprender ataque alguno contra nuestro reino.
—Pero esa sonrisa… parece que me esté burlando de ellos.
—Refleja la seguridad en sí mismo del que nada teme.
El pacífico monarca estuvo tentado de ordenar que hicieran pedazos aquella abominación y que le cortaran la cabeza a aquel desgraciado, pero por alguna extraña inspiración, las palabras del escultor no le parecieron carentes de sentido. Después de todo, el miedo podía ser tan fulminante como la hoja más afilada. Si aquel pedazo de piedra conseguía disuadir a sus enemigos, muchos de sus súbditos podrían salvar la vida.
—Quiero que esculpas tres estatuas exactamente iguales a ésta para que se sitúen en cada uno de los cuatro puntos cardinales de la frontera del país, en lo más alto de las más altas torres.

Cuentan que tribus bárbaras llegaron de allende del gran mar en busca del suculento botín que les ofrecían las poblaciones costeras. Al ver la estatua del rey en lo más alto de la torre norte su caudillo dijo:
—En verdad que esta muralla tendría que empujarnos a buscar objetivos más asequibles, pero sólo un cobarde retrocedería ante un reino de guerreros contra los que podremos probar nuestra bravura, conocer la fuerza de nuestro acero y ganarnos el paraíso.
En menos de veinte jornadas las tribus norteñas hubieron saqueado el pequeño reino de un extremo a otro, sin apenas hallar resistencia.

Burmar Flax

Burmar FlaxEl niño se detuvo junto a la silla, mirándole fijamente con ojos rasgados de un azul triste. Enric le observaba divertido. Recordaba perfectamente aquella ropa: la camiseta granate de manga corta, los tejanos hasta las rodillas con tirantes y las zapatillas de tela estampada.
—¿Qué pasa, Kike?
El niño le sonrió y abrió el puño derecho mostrándole dos duros.
—Mamá me ha dado para un flash.
—Esto es genial, ¿verdad?
—Sí.
—¿Y de qué te lo vas a comprar? ¿De fresa? ¿Naranja? ¿Tal vez limón…? ¿Cola?
—Lo quería de menta.
—De menta… no recordaba ese sabor.
—Sólo lo tienen los gordos. Los de veinticinco. Mamá me ha dado para uno de diez.
—Vaya, eso es un problema.
—Sí.
—¿Quieres que te preste lo que te falta?
—Bueno.
—¿Pero me lo devolverás, ¿no?
—Sí.
—A ver qué encuentro por aquí —dijo Enric revolviéndose el bolsillo—. Vaya, tenemos otro problema.
  El niño miró con interés las monedas que el hombre sostenía.
—Sólo tengo euros.
—¿Qué son eso?
—Dinero.
—El señor de la bodega quiere pesetas.
—Pues lo siento, pero no podré ayudarte.
—Bueno.
  Kike se guardó los dos duros en el bolsillito del peto tejano y permaneció en silencio mirando la silla de ruedas. Finalmente se atrevió a tocar su superficie con el dedo índice de la mano derecha, con la misma cautela que comprobaría si un bicho sigue vivo.
—¿Te gusta? Es genial para echar carreras.
  Por toda respuesta el niño le miró muy serio, como si acabara de decir una estupidez.
—¿Nunca volver+?s a andar?
—No, me temo mucho que no. Soy parapléjico.
—¿Qué es eso?
—Tengo una lesión en la médula que me impide mover los brazos y las piernas.
—¿Cómo te la hiciste?
—Fue en un accidente de tráfico, me salí de la carretera.
—¿Te duele?
—No siento nada —respondió levantándose de la silla y tomándole de la mano—. Se hace tarde. ¿Qué te parece si te acompaño a comprar ese flash y luego vamos para casa?
—Vale.
  Cruzaron entre los columpios del parque: junto a la bola de hierro amarilla donde su hermana se partió un diente jugando a dar volteretas y junto al tobogán que se calentaba con el sol y te quemaba las pantorrillas si vestías pantalón corto; uno de los columpios tenía una cadena rota y pendía ladeado, en el otro, una madre empujaba suavemente a su hija de unos cuatro años. Cruzaron la calle y se internaron bajo los porches donde solían jugar al escondite y a policías y a ladrones. En una de las últimas columnas de la izquierda todavía podía verse el corazón que grabó con las letras «E» y «N» en su interior. No lejos de allí, Noemí le había dado su primer beso a cambio de una bolsa de pipas. Salieron a la plaza donde estaba el quiosco en el que compraba los sobres de soldaditos de plástico y los tebeos de superhéroes, justo al lado de la bodega del señor Matías.
—Kike —dijo Enric deteniéndose frente al pequeño establecimiento. El niño le miró por debajo del rubio flequillo—. El día que cumplas los treinta y dos, después de la fiesta, quédate a dormir en el piso de Marta.

Soldaditos de plástico Montaplex—¿Cómo está su hijo?
—Pues ya ve, sin muchas ganas de charla. Hoy tiene uno de esos días.
—¿Hace calor, verdad?
—Mucho. Y sólo estamos a junio. Verá en pleno agosto… no habrá quien lo aguante.
—Enrique, ¿cómo va el paseo?
—Lleva toda la tarde mirando esa furgoneta aparcada ahí.
—¿Burma Flá? ¿Y eso qué son? ¿Caramelos?
—No mujer, son golosinas congeladas de esas que comen los críos.