Otro relato breve con el que participé en este curioso juego.

Baldomero Smith se atusaba las puntas del mostacho sumido en pensamientos derrotistas. Su contable lo había dicho bien clarito: si seguía con aquel ritmo de vida ni los beneficios de todas sus sombrererías juntas lograrían salvarle de la ruina.
—¿Pero cómo es posible señor Smith? Usted que siempre había sido paradigma de austeridad y sentido común. Mire, mire, estas cuentas. Los números cantan, señor Smith. Joyas, abrigos de bisón, tratamientos de belleza… siento serle tan franco pero está usted derrochando muy por encima de sus posibilidades.
Le hervía la sangre cada vez que recordaba las palabras de amigos y familiares advirtiéndole con expresión preocupada que aquello era una locura. ¿Cómo había podido ser tan estúpido? En lugar de escucharles prefirió enfadarse con ellos y escupirles a la cara que les movía la envidia en lugar de alegrarse por su propia felicidad.
—Soy viudo pero sigo teniendo mis necesidades. A nadie le gusta la soledad.
Sólo el tiempo y la convivencia le habían terminado por arrancar la venda de los ojos. Marisol Cherry, veinte años menor que él, era preciosa y encantadora, pero también frívola, díscola, ignorante, caprichosa y derrochadora.
Baldomero levantó la mirada de las punteras de sus mocasines al verla pasar frente al sillón, como Dios la trajo al mundo y una toalla en la mano.
—Hola cariñito —le saludó melosamente mandándole un beso y dirigiéndose al jardín para dedicarse a su hobby preferido: tostarse al sol. Se había visto obligado a rodear la valla que limitaba la parcela con una lona para que los curiosos no se deleitaran con las carnes de su joven esposa.
Impulsado por la inspiración del momento Baldomero se levantó del sillón del salón, se encasquetó el bombín y salió por la puerta trasera. Rodeó el jardín hasta la parte delantera de la casa. A Marisol le daba alergia el trabajo, pero después de todo tal vez sí podría contribuir a la depauperada economía familiar.
—Oiga amigo, ¿le gustaría alegrarse un poco la vista?
—¿Perdón?
Baldomero rasgó un trozito de lona con su navaja e invitó al hombre a echar un vistazo.
—¡Por la Reina y el Impero, menuda jaca!
—¿Le gusta verdad? Por unos peniques le dejo mirar cuanto quiera.