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El título de esta categoría no podía ser más esclarecedor.

Imagen/relato 2

Otro relato breve con el que participé en este curioso juego.

Dos tipos y una lona

Baldomero Smith se atusaba las puntas del mostacho sumido en pensamientos derrotistas. Su contable lo había dicho bien clarito: si seguía con aquel ritmo de vida ni los beneficios de todas sus sombrererías juntas lograrían salvarle de la ruina.
  —¿Pero cómo es posible señor Smith? Usted que siempre había sido paradigma de austeridad y sentido común. Mire, mire, estas cuentas. Los números cantan, señor Smith. Joyas, abrigos de bisón, tratamientos de belleza… siento serle tan franco pero está usted derrochando muy por encima de sus posibilidades.
  Le hervía la sangre cada vez que recordaba las palabras de amigos y familiares advirtiéndole con expresión preocupada que aquello era una locura. ¿Cómo había podido ser tan estúpido? En lugar de escucharles prefirió enfadarse con ellos y escupirles a la cara que les movía la envidia en lugar de alegrarse por su propia felicidad.
  —Soy viudo pero sigo teniendo mis necesidades. A nadie le gusta la soledad.
  Sólo el tiempo y la convivencia le habían terminado por arrancar la venda de los ojos. Marisol Cherry, veinte años menor que él, era preciosa y encantadora, pero también frívola, díscola, ignorante, caprichosa y derrochadora.
  Baldomero levantó la mirada de las punteras de sus mocasines al verla pasar frente al sillón, como Dios la trajo al mundo y una toalla en la mano.
  —Hola cariñito —le saludó melosamente mandándole un beso y dirigiéndose al jardín para dedicarse a su hobby preferido: tostarse al sol. Se había visto obligado a rodear la valla que limitaba la parcela con una lona para que los curiosos no se deleitaran con las carnes de su joven esposa.
  Impulsado por la inspiración del momento Baldomero se levantó del sillón del salón, se encasquetó el bombín y salió por la puerta trasera. Rodeó el jardín hasta la parte delantera de la casa. A Marisol le daba alergia el trabajo, pero después de todo tal vez sí podría contribuir a la depauperada economía familiar.
  —Oiga amigo, ¿le gustaría alegrarse un poco la vista?
  —¿Perdón?
  Baldomero rasgó un trozito de lona con su navaja e invitó al hombre a echar un vistazo.
  —¡Por la Reina y el Impero, menuda jaca!
  —¿Le gusta verdad? Por unos peniques le dejo mirar cuanto quiera.

Cuentos brevísimos 4

grimorio

Tema: Un libro polvoriento.
Travis Saturno tenía fama de malhumorado y excéntrico entre sus vecinos del casco antiguo. La pequeña librería de viejo que regentaba era una de las mejor consideradas entre los coleccionistas de incunables y otra fauna amante de la literatura, pero nadie era ajeno a las leyendas que corrían de boca en boca alrededor de la desgarbada figura del librero y de su peculiar establecimiento.
  Uno de los rumores más extendidos hacía referencia a su condición de brujo. Muchos aseguraban conocer a alguien, o tener un familiar, que había logrado colarse de noche en la tienda y haber accedido, mediante una trampilla oculta en la trastienda, a una estancia subterránea que estaba repleta de altas estanterías, atestadas de grimorios escritos con extrañas runas. Algunos añadían el detalle de aquellos símbolos dibujados en el suelo de piedra con algo muy parecido a sangre.
  Pasaban cinco minutos de la hora de cierre y Travis se acercó con paso cansino hacia la puerta de su establecimiento dispuesto a darle la vuelta al cartel que ahora rezaba «abierto». Pero antes de que pudiera girar la llave en la cerradura, dos jóvenes entraron empujando bruscamente la puerta. Uno permaneció junto a la entrada, vigilando la calle a través del cristal, mientras el otro desenfundaba un arma y apuntaba al sorprendido Travis.
  —La recaudación, viejo, o de esta noche no pasas.
  Travis paseó la mirada del cañón del arma al rostro crispado del joven negro que la empuñaba, y a la mirada nerviosa del que permanecía junto a la puerta.
  —Me temo mucho que os sentiréis defraudados —dijo el anciano.
  —Venga coño —gritó el joven junto a la puerta. No tenemos todo el puto día.
  —Abre la caja ahora mismo o te reviento la cabeza —le amenazó el otro.
  Arrastrando los pies, el viejo volvió con dificultad tras el mostrador y abrió la caja.
  —Vigílalo bien Tom, no le dejes mover los brazos ni decir nada.
  —No seas imbécil. Eso no son más que chorradas.
  Pero cuando el joven negro regresó la mirada tras el mostrador vio a Travis Saturnino sostener un polvoriento libro en su mano derecha y apuntarle con la izquierda. El anciano empezó a musitar extrañas palabras.
  —Nozaroc im argela omoc, notselrach, notselrach…
  —¡Está conjurando un puto hechizo, tío! —bramó el muchacho que vigilaba la puerta segundos antes de salir corriendo por ella.
  Thomas dudó unos segundos. Los ojos del viejo estaban clavados en él y su anciano rostro se deformaba al vocalizar con furia el extraño salmo. Su mano izquierda estaba crispada como una garra que parecía querer agarrarle el alma. Cuando el anciano estiró los cinco dedos en su dirección, el muchacho voló hacia la puerta en pos de su compañero.
  Travis Saturnino dejó el polvoriento volumen sobre el mostrador y se sonrió.
  —Nozaroc im argela omoc notselrach notselrach… dicho del derecho suena mucho menos amenazador…
  Con paso lento se acercó a la entrada del establecimiento y cerró la vieja puerta de madera y cristal. Regresó al mostrador dispuesto a hacer caja no sin antes soplar la cubierta de su libro de hechizos y leer el título: Repostería de las Hermanas de Santa Virginia.
Tema propuesto: Una radiografía.

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