No se me ocurre mejor forma de acabar el año que el generoso comentario que Esteban González le ha dedicado a La Luna dormida en su bitácora El Buen Pozo Sediento. Os recomiendo su lectura sin reservas, pues podéis encontrar contenidos tan jugosos como una serie de entrevistas a autores de fantasía como David Prieto, Francisco J. Illán Vivas o Pedro Camacho. Ya tardáis en daros un garbeo por tan acogedora posada.
Leer reseña de La Luna dormida en El Buen Pozo Sediento.
Archivo de la categoría: Nudo de piedras (2006-2012)
El tamborilero
En cada Navidad, desde que tengo uso de razón, este villancico ha sonado en el salón de la casa de mis padres. Solía hacerlo como banda sonora del ritual de adornar la casa, mientras montábamos el pesebre con esas figuritas rechonchas de plástico que con el paso del tiempo han ido perdiendo lustre, pero que siempre me negué a reemplazar por otras nuevas y flamantes, de hecho, me las regalaron al irme de casa y a día de hoy sigo montando con ellas el belén; sus acordes nos acompañaban mientras rodeábamos de espumillón el árbol desmontable —hay que ser ecológicos, leches, que ni pizca de culpa tienen los abetos de nuestras celebraciones— y le colgábamos frágiles bolas de colores que con el tiempo fueron sustituidas por otras más resistentes y doradas. «El tamborilero» también sonaba en la sobremesa de la comilona de Navidad y a menudo en la de Sant Esteve, el 26. No hace falta aclarar que lo hacía junto a muchos otros vinilos navideños, pero éste siempre fue mi debilidad, y en cierta forma, en mi fuero interno, siempre marcaba el punto álgido de la velada.
La versión del villancico que mi padre atesora es, sin discusión posible, «la versión». En formato single, estoy seguro de que a día de hoy es pieza de coleccionista, fue grabada por Raphael en 1965 y lleva por original (sic) título Raphael canta la Navidad. En la mitad izquierda de la cubierta aparece el por aquel entonces joven intérprete, veintidós añitos, sobre un fondo negro, y en la derecha, el título y contenido sobre tonos azules. No soy nada aficionado a la música de este artista, le reconozco méritos, pero en la distancia; sin embargo todavía no he escuchado ninguna interpretación de «El tamborilero» que le haga sombra a ésta. Y cuando digo a ésta me refiero a la que grabó de joven, pues las que él mismo ha perpetrado con posterioridad, sin ir más lejos, en cualquiera de los especiales que se ha autofinanciado en Televisión Española, no están a su altura. De hecho, todo intento por añadirle toques sofisticados o demostrar el dominio de la voz que ha adquirido con el paso del tiempo, no hacen sino quitarle fuerza al original, arrebatarle su ruda sencillez, su verdad.
Nunca me he planteado por qué me gusta tanto esta canción, qué la convierte en mi villancico preferido. Siempre la he considerado parte de mí, de mi niñez, y he dado por hecho que era el valor sentimental quien ostentaba el mérito absoluto de la elección. Sin embargo, por esa manía de los adultos a racionalizarlo todo, con el paso del tiempo uno aprecia elementos que le dan una base objetiva a esa predilección. Me gusta su ritmo marcial, que antes alude a un canto fúnebre que a una marcha militar. Como si en la noche silenciosa, en el mismo instante de su nacimiento, un velo triste cubriera la hora más dulce recordando el fatídico sino que le espera al recién nacido. Sí, definitivamente tiene una estructura narrativa, y éste es otro punto que me gusta de él: mucho más allá de una mera excusa para darle a la zambomba y a la bota de vino, «El tamborilero» nos cuenta una historia. No tanto la del mesías que ha nacido entre paja y animales, sino la de aquél que, incapaz de ofrecer nada material, tanto porque la miseria se lo impide comprarlo como porque sus manos no son las de un hábil artesano que puedan elaborarlo, le regala al niño lo único que su roto tambor y su alma le permiten brindarle. Un viejo canto musitado con ronco acento, una melodía absolutamente inútil, que no puede alimentar al famélico Jesús, ni calentarle del frío invierno; una tonada que, sin embargo, logra arrancarle una sonrisa al bebé. ¿Y es que acaso no es ésa la dulce inutilidad que persigue todo aquél que ha sido maldito con la pasión creadora?
Feliz Navidad.
Despedida
Me niego a creer que a alguien le guste hacer mal su trabajo. Es cierto que la gran mayoría del personal admite que el principal, a menudo único, acicate para desempeñar su labor es el maldito parné; pero no hay que obviar el orgullo y sentido de la responsabilidad que nos empuja al trabajo bien hecho. No quisiera pecar de ingenuo y soslayar el gran número de casos en los que esta dedicación brilla por su ausencia, pues nos los encontramos todos a diario: gente detrás de un mostrador de cara al público que atiende lacónica y grosera; gente de distintos ámbitos que no sabe hacer su trabajo y lejos de intentar remediarlo lo desarrolla con total incompetencia; gente incapaz de cambiar su ritmo cansino de hacer las cosas, con independencia de las necesidades del momento. Estamos en un país que trabaja muchas horas y produce poco y sé que vivimos momentos en que el horno no está para bollos y el empresario prefiere la mano de obra barata a la especializada; con todo, creo que el amor al trabajo bien hecho existe. Habrá personas más perfeccionistas que otras, las habrá más motivadas por los ingresos que por la pasión, pero me atrevería a decir que a nadie le gusta dejar su impronta en algo mal hecho.
Seguro que todo el mundo puede ofrecer ejemplos sufridos en carne propia de todo lo contrario. Yo mismo, sin ir más lejos, tengo uno bastante ilustrativo: despues de comprar varios CD’s en un centro comercial, al probar uno de ellos en el coche, ya de camino a casa, compruebo que es defectuoso y patina sin motivo aparente, saltándose varias de sus pistas. Media vuelta y regreso al centro comercial. Me dirijo a información al cliente con el ticket y el CD y les explico el caso. La chica tras el mostrador llama a una patinadora para que vaya en busca de otra copia para cambiármela. Al cabo de diez minutos la chica regresa diciendo que no quedan más copias, con lo que me devuelven el importe del producto. Sin tan siquiera guardar el dinero me encamino al lugar donde había cogido el CD y me hago con otra de las muchas copias que recordaba haber visto. Paso por caja y pago con el dinero que me acaban de reembolsar. Cierto que hubiera podido ponerme cabezón e insistir en que había CD’s de sobra y que la patinadora moviera el culo de nuevo en su busca, pero enseguida entendí que sería mucho más fácil y rápida la opción por la que opté.
Entiendo que hay infinidad de motivos que pueden llevar a la apatía laboral, muchos de ellos justificados, pero creo que, en condiciones normales, el hacer las cosas bien es algo que se nos inculca desde bien pequeños, desde el mismo instante en que se inicia la escolarización. Lo que hacemos es parte de nosotros, habla de nosotros, en muchos aspectos nos refleja y representa, llegando a ser una extensión de nuestra propia persona. De la misma forma que cuidamos modales, aspecto y atuendo, cuidamos los productos y servicios resultantes de nuestra labor profesional como algo que nos atañe íntimamente. A menudo, yo el primero, sacamos conclusiones sobre la gente a través de su forma de desenvolverse en el trabajo. Por todo ello, creo que a la mayoría nos gusta, cuando cambiamos de trabajo o gustará, el día en que nos llegue la jubilación, recibir el reconocimiento de nuestros compañeros, jefes y a ser posible, clientes o usuarios. Su pena y deseos de todo lo mejor es el mejor baremo para saber en qué medida hemos hecho bien nuestro trabajo y hasta qué punto resulta nuestra marcha una pérdida para todos ellos. Creo que las despedidas, no sólo en el ámbito laboral, son la mejor manera de saber hasta qué punto hemos sido capaces de dar la talla; de estar a la altura de lo que nuestros semejantes esperaban de nosotros; de apreciar si realmente hemos sabido exigirnos lo máximo y ofrecer lo mejor dentro de nuestras posibilidades. Y esto es aplicable aquí y en cualquier parte del globo.