
Tal y como está el patio, un servidor es escuchar la palabra «vampiro» y empezar a temblar, pero de una forma bien distinta en que lo hacía de crío. Un sudor frío me recorre la espalda, las piernas me fallan y me impiden salir por patas; la visión se me nubla e imágenes de púberes con las hormonas desatadas besuqueándose con jovenzuelos de buen ver en paisajes de postal asaltan mi torturada mente. La verdad es que acojona. Afortunadamente el libro de Alex Guardiola, finalista del Minotauro 2006, recorre sendas bien distintas, y aunque no deja de ofrecernos su particular y actual visión sobre el tema, queda claro que sus influencias andan más cerca de Stoker que de la Meyer.
El libro desgrana la historia de Meliot, vampiro de alta estirpe que ha renunciado a su posición y vive como un humano. Durante años ha conseguido eludir la sed gracias a un compuesto artificial, pero dicho suero empieza a perder su efecto, al tiempo que sus sentidos vampíricos parecen debilitarse. Una doble narración nos irá relatando, por un lado, la historia del Meliot humano, como recluta al servicio de un conde medieval, y por otro la lucha de poder en el seno de la Vieja Raza, en la actualidad.
Alex, consciente de que nada queda por inventar en la épica vampírica, y que para inventar según qué mejor estarse quieto, opta por ofrecer una visión urbanita del mito cercana a obras recientes, como la saga Blade o Underworld, pero sin olvidar algún guiño a la historia clásica, la de crucifijos y estacas. Las referencias cinematográficas no son gratuitas. La trama ambientada en el presente tiene un ritmo frenético, al más puro estilo de thriller de acción, con secuencias cortas que se suceden sin pausa, especialmente en el tramo final, y que pueden llegar a descolocar si uno no presta suficiente atención. El contrapunto a la vorágine se encuentra en la trama medieval. Más pausada, pero no por ello menos apasionante. Me gustaría destacar el esfuerzo del autor por documentarse acerca de aspectos de la época como la preparación y vida de la soldadesca, sin dejar de lado otros elementos más conocidos como puedan ser vestimenta y gastronomía. Con todo ello, y sin excederse en descripciones, consigue con éxito establecer el contraste necesario entre ambos marcos temporales, y que el lector realmente sienta que con los cambios de capítulos viaja en el tiempo, más allá de que los corceles hayan dejado paso a jaguars.
En el debe del relato tal vez se le puedan reprochar, siendo tocapelotas, un par de cosas menores. La subtrama de los tres hermanos con poderes extrasensoriales pedía un mayor desarrollo; alguna que otra página de más hubiera ayudado a entender mejor sus motivaciones y algo atropelladas acciones. La segunda es alguna pincelada metaliteraria relacionado con la figura del narrador, como la de la página 97. Entiendo que busca dar un punto humorístico al texto, pero el resultado más inmediato puede ser desconcertar al lector y sacarlo de la trama.
En relación a la edición debo confesar que me ha sorprendido gratamente. Los ejemplares de la colección Abelmuth de Grupo AJEC que había leído con anterioridad tenían un formato mucho más sencillo e incómodo. La nueva calidad prácticamente la equipara con el de su hermana mayor, Abelmuth Internacional. Mención aparte merece la portada de David Prieto, quien también se ha hecho cargo de la maquetación. La idea de una portada dentro de otra portada realmente resulta llamativa.
Sombras de una Vieja Raza es una buena novela de vampiros, respetuosa con la mitología que la nutre y muy superior a Gótica, libro de la misma temática que ganaría el Minotauro al año siguiente. Probablemente Alex Guardiola lo hubiera logrado, de no tener entre los finalistas a competidores de la talla de Javier Negrete o Rafael Marín. O eso, o de haberse presentado un año más tarde.
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