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En la Asamblea General que debía dirimir el futuro de la humanidad, el representante de un país subdesarrollado pidió la palabra. Le tocó en suerte «silencio».
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En la Asamblea General que debía dirimir el futuro de la humanidad, el representante de un país subdesarrollado pidió la palabra. Le tocó en suerte «silencio».
Me comenta Maite, editora de Edimáter, que el profesor de secundaria y escritor de Molina de Segura, Rubén Castillo, ha colgado una nueva reseña de la novela en Educarm, web de la Consejería de Educación de Murcia, y en su blog de literatura infantil y juvenil. Como siempre, os dejo un pequeño aperitivo y los enlaces al texto.
Tomás es un niño al que le sobran unos kilos; lleva gafas; comparte con su amigo Juan una tremenda afición por los cómics (y el deseo de convertirse cuando sean mayores en programadores de juegos de ordenador y videoconsolas); su amiga principal es Mariem, una saharahui huérfana, adoptada años atrás por dos médicos españoles; sus padres están divorciados; en los recreos prefiere charlar con sus amigos mientras se come el bocadillo, en lugar de darle patadas a un balón de fútbol; y aparenta ser un chico feliz.
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El hombre invisible no pagaba entrada, pero se veía obligado a sentarse en las primeras filas o en las butacas de los extremos laterales.