A veces, perdemos de vista las motivaciones. Se nos tuerce la perspectiva, y sumidos como estamos en nuestras cosas, caemos en la inercia del ir tirando sin ser conscientes de ello. A menudo, pendientes como estamos de rechazos editoriales, de fallos de certámenes; de selecciones de antologías, de correcciones, de ilustraciones; de actualizar el blog y estar al día de las bitácoras que nos interesan, de comentar en este o aquel foro… de seguir escribiendo si todo lo anterior y el día a día nos deja tiempo, cojemos carrerilla y nos dejamos llevar olvidando disfrutar del paisaje que nos rodea. Decía que, a veces, los árboles no nos dejan ver el bosque, y como el burrico que tira del carro con la única obsesión de alcanzar esa zanahoria que oscila delante de nuestras narices, olvidamos por qué estamos haciendo lo que hacemos, por qué empezamos a hacerlo y qué es lo que lo hace tan especial.
Álvaro tiene ocho años y la misma mirada entre ilusionada y pícara que su padre Víctor. Juega al balonmano. Le gusta leer y las buenas películas de género y de animación. Varios compañeros de darle a la tecla me habían comentado lo inolvidable que resultaba abrir la caja y enfrentarse por primera vez con el libro encarnado en papel y tinta. Debo confesar que yo no sentí gran cosa al hacerlo. Entiendo ese sentimiento que sale a la luz cuando uno reconoce que se ha llegado al final de la senda y que el viaje, aunque a trechos difícil y tortuoso, ha merecido la pena; la emoción que nos desborda cuando percibimos que las piezas encajan, aunque sólo sea durante un breve lapso de tiempo. Lo entiendo y por eso lo reconocí ayer, cuando Víctor tuvo el detallazo de compartir esta foto. Moltes gràcies, company.
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