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Ahora que he terminando de leer La caída de Hyperion, continuación de la archifamosa Hyperion, después de 1374 páginas me entra la duda, perspicaz que es uno, acerca de si realmente existe el Alcaudón. No, no es que haya perdido el juicio y tanta space opera repleta de reflexiones religiosas y existencialistas haya terminado por hacerme creer que un ente enorme, todo metal, espinas, ojos rojos y mala uva acecha a la vuelta de la esquina. Me refiero a que me ha entrado la duda de si la palabra existe.
Un servidor estaba convencido de que se trataría de un nombre que Dan Simmons se había sacado de la manga, algo que en inglés sonaría algo así como «alkádn» y que se había castellanizado con una simple tilde en la última sílaba. Un nombre, todo hay que decirlo, que me parecía genial, con ese inefable aire amenazante. Como de costumbre no he dado una. Y sí, como ya sabíais todos menos yo, no se trata de un nombe inventado, la palabra existe.
El alcaudón, shrike en inglés, es un pájaro. Monísimo, como podéis comprobar en la imagen superior, pero cabrón de cojones. La dieta de esta ave rapaz está compuesta por insectos, lagartos, otros pájaros y ratones, y entre sus hábitos predatorios destaca el de utilizar espinas a modo de almacenes en los que ir empalando a sus presas sobrantes hasta que llegue el momento de degustarlas. Del mismo modo, el Alcaudón de Hyperion, aquel que acecha entre las Tumbas del Tiempo, empala vivas a sus víctimas humanas en el Árbol del Dolor.
Sin ánimo de entrar a reseñar aquí este sentido homenaje al poeta John Keats que es Hyperion y su continuación. Sólo apuntar, por polemizar que no sea, que aunque estoy de acuerdo con la opinión extendida de que el libro que da inicio a la saga es más redondo que La caída de Hyperion y que a este último unas cuantas decenas de páginas menos no le harían ningún mal, no es menos cierto que La caída de Hyperion es un gran libro, donde Dan Simmons consigue cerrar de forma envidiable todas las complejas tramas y enigmas que planteaba en el primero y unas cuantos más que se añaden en éste. Que no es moco de pavo, oiga.
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Fuente de la imagen: faceandhead