Archivo del Autor: Enric Herce

Ariadna G. García

Conocí de esta autora por el blog, inactivo desde hace ya casi un año, de Francisco G. Yayo. Me picó la curiosidad el poema que reproducía y decidí regalarme sus últimas dos obras: Napalm. Cortometraje poético, ganador del XVI Premio de poesía Hiperión, y Apátrida, ganador del VIII Premio de Arte Joven de poesía de la Comunidad de Madrid.
  Son dos poemarios cortos, ninguno de los dos llega a las 100 páginas, que se leen en un suspiro y te dejan un excelente sabor de boca. No me considero con bagaje suficiente como para hacer una reseña en profundidad de los textos, me faltan referentes y aunque es un género al que me gusta acudir de vez en cuando, apenas ocupa una estantería de las pequeñas en mi biblioteca. Solo diré que el mundo lírico de Ariadna me atrapó y, tal vez sea por compartir entorno generacional, conecté con sus versos de inmediato. Los textos de Ariadna son poemas que nos hablan de seres humanos encerrados en su entorno urbano; podrían ser letras de canciones, elegantes, y deliciosamente bien tejidas, de esas que cada vez son más caras de descubrir. Sus frases no esconden metáforas incomprensibles ni giros gratuitos con que lucir palmito: son renglones que nos hablan de tú a tú, encontrando las palabras idóneas para decirnos cómo nos sentimos y expresar aquello que nunca supimos cómo decir. De perderse en sus páginas, ningún lector de prosa volvería a decir aquello de «la poesía no es para mí». Y como muestra algunos botones:

Saltamos de la cama
con la resignación de quien conoce
el día que le espera
metida en el bolsillo
del pijama. (…)

(Napalm. Página 25)

Mi ilusión por los cambios
tiene menos textura
que un flan de gelatina
y por eso la guardo en mi pequeña
maleta-frigorífico. (…)

(Napalm. Página 49)

No hay mayor impotencia
que compartir contigo un mismo tiempo,
la luz el aire… Todo

menos un mismo espacio.

(Apátrida. Página 37)

A oscuras, en el cuarto
dormían sobre duras colchonetas
todos los niños; todos,
excepto yo.
Sentada con la espalda en la pared,
las piernas recogidas contra el cuerpo,
no apartaba la vista
de un agujero blanco en la persiana;
del ojo que aguardaba a que durmiera
para robarme sueños y memoria.

(Apátrida. Página 75)

Seis grados de separación

el mundo es un pañuelo

Dicen que cualquier habitante del planeta está relacionado con el resto por un máximo de seis vínculos personales. Algunos tildan este precepto de teoría y otros muchos de leyenda urbana cuyo valor no pasa de curiosidad o de argumento para pastiche de Hollywood. Hace poco saltaba a la palestra una actualización de la misma, según la cual, internet y las redes sociales habían estrechado el cerco y ahora la cosa quedaba reducida a tres grados. Microsoft le dedicaba un estudio, hará cosa de un año, tomando como muestra 180 millones de usuarios del Messenger. El resultado del mismo corroboró la teoría, concretando el grado de separación entre dos individuos cualquiera en 6,6 grados.

A Xavier lo conocí en la facultad de Letras de Tarragona. Estudiaba derecho, pero era amigo de varios compañeros de clase, vecinos suyos de El Vendrell y, a menudo, se dejaba caer por el bar para «hacer campana» con los de filología inglesa y venía a nuestras fiestas y cenas.
  Francesc es un amigo de la infancia que vive en Barcelona. Sus padres veraneaban en Rajadell, un pueblo del Bages, cerca de Manresa, donde mi abuelo compró hace mucho años una vieja casa que ha sido refugio vacacional de mi familia la mayor parte de nuestra vida. Lejos de la ciudad y los encorsetados horarios del colegio, todo era montar en bici, hacer cabañas, y jugar al escondite o a policías y a ladrones. Con el tiempo y el inevitable cambio de intereses que conlleva la adolescencia y edad adulta, nuestras aventuras se desplazaron hacia las calles de la Ciudad Condal y los garitos de Salou, pero nunca hemos perdido el contacto.
  La semana pasada Francesc cumplió 40 años. Con motivo de número tan especial su familia decidió prepararle una fiesta sorpresa con sus amigos actuales y los de siempre. Desafortunadamente, me fue imposible acudir al encuentro, reencuentro en algunos casos. Al día siguiente, sábado, cuando colgaron las fotos de la cena en el facebook, me quedé absolutamente sorprendido al ver a Xavier sentado a la mesa del restaurante, entre amigos y familiares de Francesc. Mentalmente intenté establecer algún vínculo que hubiera olvidado, sin conseguirlo. Que yo supiera aquellas dos personas no se conocían de nada. Le he preguntado a Francesc de qué conoce a Xavier. Al parecer, es pareja de una compañera suya de trabajo.

Miguel

otra ronda

Miguel no se parte la camisa como Camarón porque ya la trae sin abrochar. Como buen gitano prescinde de prolegómenos y se nos sienta a la mesa cerveza en mano con la excusa de contarnos que le han robado el coche delante del portal de su casa. Dice que será porque nunca lo cierra. Para que fume porros la muchachada no, él lo deja abierto para que los conocidos del barrio siempre tengan un lugar donde pasar la noche en caso de necesidad.
  Sin saber muy bien cómo, nos descubrimos escuchando que tiene cuatro hijos y seis nietos, y que lo que más ha querido en esta vida, la Luisa, lo perdió por putero y por mierda. Nos dice, contradiciendo a Miguel Bosé, que los hombres también lloran y por el gesto torcido de sus labios y ojos apretados tememos que en cualquier momento decida demostrárnoslo. Pasado el arrebato nos pregunta cuántos años le echamos y mentimos cautos situándolo cerca de la cuarentena. Sonríe satisfecho desvelando lo obvio, que pasa de los cincuenta. Entre piropos a la camarera, de quien dice sentirse muy orgulloso pues asegura conocerla desde que era una chiquilla, nos coge de la mano y se me abraza, ansioso de contacto humano, aunque sea el de un desconocido entre sorprendido e intranquilo. Nos dice que nos aprecia mucho y que tenemos cara de buenas personas. En mi fuero interno me digo que de pardillos, más bien. Tras la inevitable invitación a una ronda, oferta cuyo rechazo siempre resulta caro en palabras y que se termina aceptando con resginación, conscientes de que su promotor se aferra a ella con la cabezonería del que busca arañar unos minutos más de compañía; tras la invitación, digo, Miguel se arranca con Los Chichos y Camarón. Yo, ya no sé si por las cervezas o porque ya le he pillado el truco al asunto, le acompaño a las palmas y marcando el ritmo sobre la mesa. Más tarde que temprano conseguimos huir del bar, pagamos lo que nos hemos bebido y salimos a la noche que ya empieza a refrescar.
  Al día siguiente nos asomamos antes de entrar, no sea caso que Miguel haya decidido reincidir y nos dé otra vez la noche. Viendo que tenemos vía libre nos acomodamos en la mesa de siempre. Un tipo al que no conozco de nada se me acerca y con una media sonrisa me pregunta socarrón: Qué, ¿hoy no ha venido tu amigo?