Archivo del Autor: Enric Herce

Sherlock

Sherlock & Watson

Resulta evidente que está de moda actualizar personajes, sea por la siempre lucrativa vía del remake o la directa del filón no explotado. Desafortunadamente, en la mayoría de los casos la actualización se limita a convertir el modelo conocido en personaje de videojuego: mínima psicología, mucho bíceps y efectos digitales por doquier. Todos tenemos algún ejemplo en mente. Con el todavía reciente intento de Guy Ritchie por adaptar al sabueso de Baker Street en la memoria, esta oferta de la BBC todavía resulta más estimulante.
  Creada por Mark Gratiss y Steven Moffat, curtidos en la serie Dr. Who y seguidores acérrimos de las novelas de Conan Doyle, Sherlock es una miniserie de tres capítulos de 90 minutos de duración, cuya continuidad ya está confirmada.
  El arranque resulta espectacular: el doctor John Watson, excelente Benedict Cumberbatch, es un veterano de la guerra de Afganistán que pasa por serios apuros económicos y que no tendrá más remedio que buscar a alguien con quien compartir piso en la capital británica. Por un amigo común conocerá a Sherlock, impecable Martin Freeman, un joven brillante y excéntrico, cuya inaudita capacidad deductiva hace que su entorno, e incluso la propia policía para la que trabaja de forma no oficial, le consideren un freak estrambótico. Resulta especialmente lograda la escena en la que el detective estudia el cuerpo de una de las víctimas, y en la que cada uno de sus movimientos es acompañado con un rótulo que indica al espectador qué es lo que acaba de detectar: seco, mojado, nuevo, gastado… Cuando finalmente expone sus averiguaciones, cada uno de ellos cobra sentido.
  Toda la mitología del personaje está presente: Londres, la lupa y el violín, Scotland Yard y el inspector Lestrade, el 221B de Baker Street y la señora Hudson y, evidentemente, su archienemigo Moriarti. Siendo, algunos elementos emblemáticos adaptados de forma ingeniosa: la inseparable pipa deja lugar a los parches de nicotina o los libros del Dr. Watson a un blog. Resulta un verdadero placer ver a Sherlock Holmes, y sus dotes detectivescas, desenvolverse en pleno siglo XXI y valerse de ordenadores, móviles, internet y GPS, para resolver enigmas a la altura de los que su padre literario le proponía. Apuntar que el segundo episodio, «The Blind Banker», precisamente el único que ni han dirigido ni escrito sus creadores, flojea un poco en ese sentido, pero el resto nada tienen que envidiar a los originales.
  Una propuesta imprescindible para todos los incondicionales del personaje y una opción a tener en cuenta por los amantes de las series de calidad.

Ficciones reales

Aquello de que la realidad siempre supera a la ficción viene de lejos, aunque parece ser que, últimamente, la primera anda bastante creativa. Ante semejante alarde de imaginación uno se pregunta qué sentido tiene eso de andar fabulando cuando salen semejantes argumentazos en las noticias.
  Lo del pulpo oráculo a estas alturas ya tiene más recovecos que Falcon Crest. Que si un experto del CSIC le quiere quitar todo el mérito al animalito, acusándole de zamparse el mejillón adecuado más azuzado por los colorines de la bandera que por sus dotes adivinatorias (sin querer entrar en conflicto con un sabio en cefalópodos apuntar que dicha teoría no explica nada bien porque en la final de la Eurocopa, ante las mismas banderas y colores, el buen Paul optara por la alemana, pifiándola, por cierto); que si el zoo de Madrid lo corteja y los del zoo germano les dicen que nanai, que una cosa es que les apeemos del mundial y la otra dejarles sin el fenómeno del momento, cuyas predicciones han sido transmitidas en directo por cadenas de todo el globo y, según las malas lenguas, en las últimas ocasiones no precisamente gratis. Un pulpo que ha resultado más rentable que muchas de las estrellitas del mundial, aunque dificilmente llegará a la próxima Eurocopa: si la media de edad de los cefalópodos anda alrededor de los tres años este ya ha gastado más de dos.
  De bestseller veraniego me parece la historia de los restos del barco de más de nueve metros de eslora encontrados en la zona cero, nueve años después del terrible atentado de las Torres Gemelas. Al parecer datan del siglo XVIII, a finales del cual había un par de muelles en la zona, el Lake y el Lindsey. Dicen los expertos que con toda probabilidad se utilizó como relleno para ganarle terreno al río Hudson. Pero este último dato habrá que obviarlo en beneficio del espectáculo y cambiarlo por algún otro del tipo que los restos pertenecían a un galeón español y que existe un legendario tesoro de por medio. También queda la opción de sazonarlo con zombies que para combinar van de muerte, sea con nazis, con clásicos literarios o con superhéroes Marvel. Incluso con religión. Que me entero por el muro de Claudio Cerdán en facebook que uno de los relatos de la segunda Antología Z de Dolmen ha herido algunas sensibilidades piadosas. Os invito al entretenido ejercicio de leer los comentarios del blog acusica y adivinar quienes juegan con la selección beatífica y quienes en la fandomita. Como es bien sabido que nadie discute sobre libros que no la leído, por la cantidad de opiniones se deduce que a los de Dolmen las ventas no les deben de ir nada mal.

cuatro gatos

No me gustaría terminar esta entrada sin mencionar el fenómeno extraño más apabullante que ha tenido lugar por estos lares en mucho tiempo. Según cierto periódico de izquierdas, el pasado diez de julio hubo una abducción masiva en pleno centro de Barcelona. Lo más inquietante es que, aunque se produjo en una manifestación multitudinaria en defensa del Estatut, nadie se percató del secuestro, pero sucedió. Cuando la Guardia Urbana procedió a medir el número de asistentes se contabilizaron mas de un millón, pero cuando la medición fue realizada por el periódico la cosa no llegaba a los 450.000. La noticia resulta todavía más preocupante si acudimos a los datos proporcionados por la empresa Lynce, y que debieron de ser tomados con posterioridad, pues entonces el fenómeno ya había adquirido dimensiones de catástrofe y solo quedaban 56.000 manifestantes. Los últimos rumores apuntan a que no hubo manifestación alguna.

Adiós a Chicago Pizza Pie Factory en Barcelona

Chicago Pizza Pie Factory Barcelona

Conocí este local de Barcelona a mediados de los ochenta gracias a mi buen amigo Francesc Canet. Desde aquel día su toldo rojo frente a la Pedrera ha sido sinónimo de buenos momentos compartidos en mejor compañía. Por aquel entonces las franquicias eran toda una novedad en el país y las pizzas americanas más, de hecho, dejando de lado las empresas de servicio a domicilio, encontrar buenos restaurantes donde la cocinen al estilo yanqui sigue siendo difícil. Corrían los tiempos del C64 y el Spectrum, tiempos en los que el Micromanía era la biblia y tocaba ir a comprar juegos a los bazares del puerto. Tiempos donde los partidos de la NBA seguían siendo algo de otro planeta para las dos cadenas de televisión nacionales y para TV3. Os podéis imaginar lo que sentí al entrar por primera vez en la Chicago y ver en la televisión del bar, antesala del restaurante, un partido entre los Lakers y otro equipo que no recuerdo. Pero la sorpresa fue breve, tanto como el ambiente del local tardó en atraparme. En segundos me vi transportado a los USA. Mirara donde mirase, era como si un pedazo de la América que conocíamos por teleseries de sobremesa se hubiera materializado en Barcelona. El techo alto, con los conductos de ventilación al descubierto, las paredes de ladrillo repletas de señales de tráfico y carteles de eventos de la ciudad a orillas del Míchigan, las mesas con sus manteles rojos y su suelo de parquet.

Chicago Pizza Pie Factory Barcelona

Todo podía haber quedado reducido a un bonito decorado sin más, pero no, la pizza llegó en una sartén que la mantenía caliente y no tenía nada que ver con la que conocía, era más pequeña y con una masa gruesa y esponjosa que prácticamente la convertía en un pastel coronado por una generosa cobertura de queso y carne. La acompañaron unos champiñones rellenos espolvoreados con parmesano y el mejor pan de ajo que he probado en mi vida. Desde aquel día, siempre que he visitado Barcelona y me ha sido posible he ido a comer a la Chicago. Y con el paso de los años debo decir que aunque el parquet se había ido desgastando con el tiempo, el resto, su ambiente y comida, conservaban para mí la autenticidad y el sabor del primer día en que cruce sus puertas.
  La mala noticia es que el pasado 24 de mayo cerró sus puertas. Son tiempos de crisis y el dinero manda. Al parecer abrirán es su lugar un restaurante de llescas. Otro más. Supongo que a nivel gastronómico ahora tocará buscar una alternativa, aunque basta googlear un poco para comprobar que, en Barcelona, los amantes de la pizza americana se han quedado huérfanos. A nivel sentimental no hace falta ni decir que para un servidor la Chicago Pizza Pie Factory de Barcelona es insustituible.
  Recuerdo cierto día de finales de agosto que nos escapamos de Reus solo para cenar allí, estaba con Francesc y dos amigos más con los que ya no tengo contacto. Uno de ellos le dijo a la camarera que era mi cumpleaños, no lo era, y la chica, muy simpática, me trajo un globo blanco con el logo en rojo que ató a mi silla. Hinchado con helio, se pasó la cena flotando por encima de mi cabeza. Cuando terminamos de cenar y salimos a la calle lo solté. Nos quedamos como bobos viéndolo elevarse a la luz de las farolas, como hipnotizados, primero frente a la fachada del edificio de Gaudí, y luego hacia el cielo nocturno barcelonés. Pasaron varios minutos antes de que su blancura desapareciera para siempre en las alturas.